Nostalgia del tacto

Nostalgia del tacto

–Ay, mami, de eso no se preocupe, tú lo que necesitas es ponerte bien guapa y el resto ya se te dará.

(La voz venía desde quién sabe qué parte del mundo y salía desde el computador que estaba prendido. Para Marta, que escuchaba con atención la voz, ese acento sonaba a caribe, a mujer alegre que seguramente huele a sudor y que, según pensó ella, poco le importaba la opinión de los otros).

(Eso era lo que ella necesitaba en estos momentos de su vida: sentirse segura de sí misma. Fue por eso que dos días atrás decidió solicitar una cita de acompañamiento junto con una prueba del nuevo kit de maquillaje para primeras citas: “To fall in love”).

–Mami –la voz del más allá volvió a sonar-–, ¿y es que acaso hace cuánto no estás con un chico?

(Buena pregunta, pensó Marta. ¿Hace cuánto no estaba con alguien? Estuvo con Juan tres años atrás, en el 2020, cuando apenas empezaba el confinamiento obligatorio que duró más de un año. En realidad, ahora que lo recuerda, terminaron por eso: simplemente las cosas se fueron enfriando, los chats no avanzaban, no había llamadas telefónicas y un buen día no se escribieron para durar así por el resto de sus vidas).

–Tres años, más o menos. Es que hoy en día conocer a alguien es muy difícil.

Marta se excusó sin saber por qué lo hacía.

–Ay, mami, eso no es excusa. Igual no se preocupe, en estos quince minutos que tenemos te voy a dejar como una reina. Eso, mejor dicho, este señor no se podrá contener y querrá comérsela a besos.

(¿A besos? Qué expresión más escalofriante, pensó Marta. El contacto en estos últimos tres años, era cada vez más raro. Nadie quería tener contacto con nadie. Ya no había lugares poblados, ni discotecas sudorosas. Ya no había necesidad de andar poniendo la huella en los lugares, ni abrazos en la calle, ni saludo de beso y mucho menos de doble beso. Para Marta su contacto con otros se había limitado a golpes en la espalda y a unos pocos abrazos con sus padres. Ella ya no sabía qué se sentía tener una lengua ajena en su boca auscultando sus encías, qué se sentía el choque de unos dientes ni mucho menos cómo se sentía que le mordieran los labios).

–Mami, pero no te me englobes que el tiempo está corriendo y solo tenemos quince minutos. Por favor saca la muestra que te llegó del kit “Tu Fall in ló”, prende tu cámara y empecemos.

(Cuando Marta volvió del pensamiento se encontró con que su asesora había prendido la cámara. Era una mulata, para su gusto, demasiado maquillada. La cámara no permitía ver mucho, atrás de la asesora comercial solo se veía una pared rosada).

Marta prendió la cámara y la asesora comercial, con una gran sonrisa en la cara le dijo:

–Bienvenida al “Beauty Make up department”.

Días antes, mientras Marta navegaba la red, había dado con la historia de una amiga suya de tiempo atrás, que contaba cómo le habían pedido matrimonio. Era un video de no más de cinco minutos que además de producirle un poco de náuseas por la pena ajena que sintió, también despertó en ella un sentimiento que le revolvió el estómago como nunca antes. Por primera vez en su vida, Marta se sentía como una fracasada.

A sus 38 años, con tres años sin ninguna relación amorosa, Marta sentía que necesitaba ponerse de nuevo en el mercado. Sabía por la gente de su oficina, que le contaba en conversaciones que mantenían a la distancia, casi medio gritando, que existían redes sociales en las que uno podía encontrar el amor. En palabras de ella, eso era como si el amor se tratara de escoger prendas en una tienda de ropa virtual: este sí, este no, a este podría probarlo a ver cómo se me ve, este no me orna bien… ¡Uy, este definitivamente está hermoso! Y eso para una académica como ella era demasiado vulgar.

Ella quería que el amor verdadero tocara a su puerta. Sin necesidad de andar buscándolo. Ella quería un amor como los que le leyó a Cortázar, a Gabriel García Márquez.

Pero haber visto ese video de su amiga le hizo darse cuenta de que no podía seguir esperando. Fue así, con los nervios en la boca del estómago, que empezó a inscribirse en todas las aplicaciones de citas que encontró. Puso fotos en las que, en sus propias palabras, no salía ni muy intelectual ni muy básica. Escribió un pequeño resumen que no la convencía del todo pero estaba bien para empezar.

Terminó su perfil y se sentó a esperar. Mientras miraba las horas pasar, las dudas la asaltaron: ¿qué pasa si nadie me escoge? ¿Qué pasa si todos piensan que soy muy fea? Peor aún, ¿qué pasa si solo me eligen feos? Pero lo que más la asustó fue pensar qué pasaría si de verdad conseguía una cita. Así, en la incesante intranquilidad de las preguntas, se quedó dormida.

Al despertar encontró que diez personas se habían interesado en ella. Los miró todos, los analizó, investigó y se decidió por uno. Antes de rechazar a los otros, le entró una llamada: era su mejor amiga.

Marta le contó todo. Lo que sintió al ver el video, el muchísimo tiempo que llevaba en verano, lo mucho que necesitaba estar con alguien y que se había inscrito a las aplicaciones de citas y había obtenido diez pretendientes.

–Martuchis, ja,ja,ja,ja… Eso no son pretendientes, esos tipos lo único que quieren es tener un poco de sexo contigo. Para eso son esas redes. No te pongas a descartar a los otros.

–Pero ¿cómo así que no? Que encarte ponerme a hablar con todos.

–Amiga, pero es que de eso se trata. Esto es como una lotería y entre más boletas tengas, más opciones tienes de ganar.

En el Uber automático sonaba la radio. Marta pensó en conectar su celular y poner música, pero prefirió no hacerlo por el miedo a que le robaran sus datos. Iba por toda la 11 en plena Bogotá; en la calle se veían muchas bicicletas, muy pocos carros y ella iba mirando las estanterías vacías de todas las tiendas. La nostalgia se apropió de ella y empezó a recordar como, cuatro años atrás, esas tiendas tenían todos sus productos posicionados en las ventanas para que la gente se animara a entrar. Ahora estaban vacíos, asépticos, como ella, como el mundo, como el hombre que iba a conocer, como el restaurante en el que se iban a ver y que habían escogido basándose en la guía bogotana de los restaurantes más limpios de la ciudad.

Al llegar, pasó por la cámara de desinfección, pequeñas gotas le rociaron la cara, la piel. Estaba tan nerviosa que sentía que en cualquier momento se podía vomitar. Dio el número de su reserva a un intercom y en una pantalla le salió la mesa que tenían para ella. Se sentó y empezó a ver en las pantallas gigantes del restaurante el menú. El lugar se componía de tres pisos, cada uno tenía no más de diez mesas, pero no menos de siete. Todas las mesas eran para dos personas y estaban separadas exactamente por la distancia de dos hombres de estatura regular acostados.

Mientras esperaba, el hombre llegó. Lo primero que notó Marta es que se veía limpio y en efecto se sentía y olía limpio. Se saludaron a la distancia y se sentaron.

–Sé que es raro que empiece así la conversación –se excusó él–, pero quisiera que me dejaras ver tu Carnet de Salud Ciudadana. Ya sabes, es mejor prevenir.

Carnet de Salud de Ciudadana de Marta

–Tranquilo. Soy igual de precavida que tú –Le dijo Marta mientras buscaba su carnet en la cartera.

Una vez los dos estaban seguros de que el otro no era una posible amenaza, empezaron a hablar.

–¿Ya sabes qué quieres ordenar? –preguntó el hombre.

–Sí, estuve viendo y creo que quiero una cerveza. La verdad es que no tengo mucha hambre.

–Que sean dos, entonces.

El hombre sacó su celular y desde la aplicación del restaurante ordenó las dos cervezas. Pasados unos minutos, desde lejos, el único mesero de ese piso les alcanzó las cervezas usando una extensión metálica de su brazo que le permitía estar a más de tres metros de distancia de ellos.

Así se tomaron unas cervezas más. Cada segundo que pasaba, Marta se sentía más cómoda o tal vez más borracha. Le estaba gustando la cita y venía siendo hora de irse del restaurante.

Salieron, fueron desinfectados de nuevo por la cámara y se pararon en la calle. Ahora llovía.

–Marta, me ha gustado mucho conocerte, espero que nos podamos volver a ver. Quisiera saber si te puedo besar.

¿Era tierno que el hombre le pidiera permiso para besarla? ¿Era raro? Marta no lograba decidirse así que se abalanzó hacia él y lo besó.

Fue como si se hubiera transportado hacia el pasado. Ese beso la hizo recordar lo que se sentía ser tocada, lo que se sentía tener unos labios sobre los suyos. De repente se devolvió a ese tiempo en el que la vida todavía no se componía de misantropía. De repente, la vida volvió a tener tacto.

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