Propiedad intelectual

Propiedad intelectual

Hernán

A las 7:45 de la noche del 23 de febrero del 2021, después de haber leído una hora y haber trabajado todo el día, Hernán se sentó frente a su computador, con gran emoción, para terminar el manuscrito en el que venía trabajando desde que empezó la cuarentena. El trabajo en casa le había permitido conseguir la consistencia que tanto le había costado tiempo atrás. Todos los días escribía tres mil palabras diarias. Los fines de semana, cuando no tenía que adelantar cosas de la oficina, reescribía y editaba todo lo que había escrito en la semana.

Esta era la cuarta novela que escribía en su vida, no había logrado publicar ninguna. Sin embargo, con esta sentía algo especial. Cada vez que la editaba y reescribía, desde sus tripas le subía esta sensación de que por primera vez tenía una historia que valía la pena contar. Si ese presentimiento era verdadero, pensaba Hernán, podría por fin, a sus 53 años, dejar su trabajo como gerente contable de una cadena de restaurantes internacionales y dedicarse a escribir. Un sueño hecho realidad.

Cuando puso el punto final, se le erizó la piel. Sentía, todavía, que estaba en ese trance en el que entraba cuando se sentaba a escribir la historia. Se sacudió y volvió en sí. Todas las noches, al terminar, releía lo escrito en voz alta, se tomaba una copa de vino y oía la sonata para piano K333 de Mozart.

–¡Henrietta! –Le gritó a su asistente virtual, su única compañera en todos estos días de soledad.

–Blup. –Los ojos azules de Henrietta se prendieron y le dejaron saber que estaba atenta a su orden.

–Pon a sonar la sonata para piano K333 de Mozart.

– Sonata para piano K333 por Wolfgang Amadeus Mozart. –Respondió Henrietta.

–Henrietta, ¿es cierto que todo el tiempo me estás escuchando y que mis conversaciones son grabadas, como dijeron en el Amazon Post?

–Para cualquier duda que tengas sobre mi funcionamiento y el uso de tus datos personales, puedes ingresar a nuestra página web e ir a la sección uso de datos con Henriettas.

Hernán rio mientras el allegro de Mozart llenaba el cuarto y él iniciaba la lectura de su capítulo final. Afuera llovía a cántaros y las palabras iban al compás de las gotas explotando en el asfalto.

Carlos

El 24 de febrero del 2021, Carlos llegó a su puesto de trabajo feliz. Solo había trabajado desde casa los primeros meses y después lo hicieron regresar al edificio a pesar de que él no quería. Desde hace rato estaba cansado de trabajar en el área atención al cliente, de la compañía tecnológica más grande del mundo CRYSTAL CORP.

Los constantes gritos, amenazas y, claro, las infinitas veces que muchas personas le habían llorado para que por favor les ayudara a recuperar la plata que, supuestamente, la empresa para la que él trabajaba les había robado, lo tenían cansado. Sin embargo, había un pedazo de su trabajo que sí le gustaba. Uno que, cuando firmó su contrato, después de que su hermana le ayudara a conseguirlo hablando con el director del área de atención al cliente, decía en letras mayúsculas: CONFIDENCIAL. Carlos no podía contarle a nadie lo que hacía en los turnos nocturnos.

Este miércoles era un día importante, después de seis meses escribiendo su primer manuscrito, la noche anterior lo había terminado. Su plan era mostrárselo a su jefe para ver él qué opinaba, pues sabía, por las conversaciones en los almuerzos, que él era un lector voraz y muy crítico.

Al mes exacto, su jefe llegó a su puesto y le contó lo mucho que había disfrutado su novela, sobre todo el hecho de que a pesar de ser sobre amor, los personajes nunca lograban explicar qué era lo que sentían, “son como inválidos sentimentales”, le dijo. Pero, aún más importante, le preguntó por qué no enviaba el libro al área editorial de la empresa a ver qué pasaba, “La empresa suele publicar los libros de los empleados. Es buena publicidad. Imagínese, usted podría pasar de ser un empleado del área de atención al cliente y convertirse en un autor best seller”, finalizó.

Carlos no lo dudó un segundo, escribió un mail rápido en el que se presentaba, contaba que trabajaba para el área de atención al cliente y que llevaba más de seis meses escribiendo una novela que quería mostrarles.

Días después, le llegó el siguiente mail:

Carlos:

Hemos leído de forma detenida el manuscrito que nos enviaste. Nos gustó mucho. Un editor se contactará contigo para empezar de una vez a trabajar y pulir la novela.

Para nosotros, como parte de esta compañía que también es tuya, es un placer decirte que vamos a publicarla. Pronto te enviaremos la propuesta económica.

¡Enhorabuena!

–CRYSTAL CORP Books and stories.

Hernán

Los meses empezaron a pasar y Hernán había dejado el manuscrito en el olvido. Entre más lo releía, menos le gustaba y más estúpido le parecía. Además, no sabía bien cuál era el siguiente paso que debía tomar si quería publicarlo. Tal vez, pensaba él, si tuviera un amigo editor podría mostrárselo y él lo ayudaría, pero todos sus amigos eran matemáticos como él. ¿Enviar el manuscrito a un concurso? Eso sí que no, pensaba Hernán. Su desconfianza se basaba en que sentía que esos premios solo se los daban a los amigos de los jurados. Ni siquiera que los manuscritos fueran sin nombre y tan solo con un alias lo convencía de participar. Además, los mecanismos no le gustaban, tener que ir a imprimir su novela y arriesgarse a contagiarse del virus, tener que enviarla y por último temer que se la pudieran robar. El manuscrito, como si fuera una libreta olvidada que se deja en una caja, se llenaba día a día de polvo mientras esperaba en la carpeta del computador.

Por esos días, Hernán no estaba escribiendo pero estaba devorando libros como si fueran frituras. Había cambiado la copa de vino, por cerveza y un rato en redes sociales antes de dormirse. En una de esas noches empezó a leer en su cuenta de Twitter a las personas hablar sobre un nuevo libro publicado por un autor desconocido que pasó de ser del área de atención al cliente a convertirse en un escritor muy vendido. Lo mejor de la historia, para Hernán, era que el autor trabajaba en la compañía que producía las Henriettas, en CRYSTAL CORP, y eso lo hizo feliz. Así que, con un poco de celos, pero también intriga, le pidió a Henrietta que ordenara una copia del libro: Amor en primera persona.

–¿Quieres ordenar Amor en primera persona, por Carlos Gaitán, de la editorial CRYSTAL CORP Books and stories, de forma física o virtual?

–Física.

–Perfecto. El libro Amor en primera persona, por Carlos Gaitán, de la editorial CRYSTAL CORP Books and stories, llegará en cuatro días.

A los cuatro días el libro llegó. En ese tiempo Hernán imaginó que lo más seguro era que el autor, mientras trabajaba en el área de atención al cliente, había oído tantas historias hasta que encontró una para contar.

En la noche abrió el empaque, se lavó las manos, botó el empaque, se lavó las manos de nuevo y se acostó a leer. Leyó las palabras previas, escritas por uno de los escritores que él más admiraba, en las que comparaban a Carlos con Proust y Gabriel García Márquez.

“Cuando supe que era mía, sentí tanto asco que tuve que vomitar”. Una angustia trepidante empezó a crecerle por el estómago a Hernán una vez leyó la primera oración del libro. Esa misma frase era con la que él abría su manuscrito. Siguió leyendo, y todo lo que continuaba era igual a lo que él había escrito. Rápidamente se paró, prendió el computador y abrió su novela, ¿será que estoy enloqueciendo?, se preguntó. Comparó, palabra por palabra, las dos obras y se dio cuenta de que eran idénticas, en lo único que se diferenciaban era en la puntuación y a veces en una que otra frase.

La ira que empezó a sentir Hernán era más pesada que sus cien kilos. Lanzó la botella de cerveza que estaba tomando contra la pared y empezó a caminar por la casa, como si fuera parte de los peripatéticos, pensando en qué hacer. Necesitaba ideas. Hasta que por fin decidió y le gritó a Henrietta.

–¡Henrietta!

–Blup. –Respondió.

–¿Cuál es la firma de abogados con mejores comentarios en internet en temas de propiedad intelectual?

–López-Fernández abogados. –Respondió Henrietta.

Hernán buscó en internet su página, eran las nueve de la noche. No tenía sueño, ni hambre, tan solo una rabia que lo sobrepasaba. Encontró en la página la sección de contacto y escribió.

–¡Hola! Le escribe Amurabi, ¿en qué puedo ayudarle?

–Maldita sea –dijo en voz alta Hernán- me va a tocar hablar con un chatbot.

–Necesito una cita con un abogado.

–¡Claro que sí! ¿De qué área específicamente?

–Propiedad intelectual. –Respondió Hernán tecleando con furia.

– ¡La cita ha sido creada con éxito! Mañana a las diez de la mañana, el abogado Cristóbal Fernández López estará encantado de reunirse con usted. ¿Podría por favor regalarme su correo electrónico para enviarle la citación?

–Hernanescribeficcion@gmail.com

–¡Listo! Debe de tener un correo mío en su bandeja. ¿Puedo ayudarlo en algo más?

A las diez de la mañana en punto, Hernán estaba sentado frente a su computador, ya conectado en la reunión esperando a que apareciera su abogado. A las diez con cinco minutos se conectó. La pantalla se prendió y del otro lado del procesador apareció la cara de un muy joven abogado, vestido de corbata, blazer y hasta tenía un tapabocas.

–Buenos días, joven. –Saludo Hernán, molesto.

–Buenos días. Me presentaré rápidamente: mi nombre es Cristóbal Fernández López. Soy abogado especializado en temas de propiedad intelectual.

– Mire, es que ayer compré un libro y cuando lo empecé a leer me di cuenta de que me robaron…

–¿Cómo así que lo robaron?

–Por favor, no me interrumpa. Como le estaba diciendo. Me robaron. Hace como nueve meses escribí un libro, es decir, un manuscrito. Se trata sobre un hombre que le cuesta mucho hablar sobre sus sentimientos, y su único sueño siempre ha sido que alguien se enamore de él. Para la mala fortuna de este personaje que cuando lo logra, empieza a sentirse enfermo.

–Hace poco me leí un libro muy parecido, –empezó a contarle el abogado mientras trataba de recordar cómo se llamaba– se llama Amor en primera persona. Buenísimo. En la música clásica cuando alguien es muy bueno utilizan un término que para mí, en esta ocasión, cuando se habla de la escritura de este autor, es muy apropiado: qué virtuosismo.

–¡ESE FUE EL LIBRO QUE ME ROBARON! –Hernán ya estaba gritando y manoteando frente a la pantalla.

–Señor, señor, por favor no me haga perder el tiempo. Cómprese una nueva edición y ya. ¿Cuánto cuestan, treinta mil pesos?

–¡NO! Es que usted no me está entendiendo. Ese libro lo escribí yo. Y ahora ese cretino está diciendo que es de él.

–¿De verdad?

–Sí.

–Señor Gómez, ¿está usted consciente de que este caso podría partir la historia de los derechos de autor en dos? Estaríamos yendo detrás del gigante tecnológico CRYSTAL CORP.

–Eso no me importa. Yo solo quiero que me den el reconocimiento que me merezco. ¿Usted sabe lo que es escribir un libro? No creo. Hay que ser juicioso como un militar, escribir todos los días sin nunca rendirse, borrando, volviendo a escribir, luchando con los demonios que nos repiten una y otra vez que lo que estamos escribiendo no sirve para nada. Y eso es cuando las ideas están fluyendo, esos son los días fáciles. ¡Ah, sí!, porque déjeme contarle: hay días en los que no sale nada, absolutamente nada, y es ahí cuando toca esforzarse. Este señor que me robó, en las entrevistas dice que todo nace de la inspiración y de las musas. ¿Las musas? Cualquiera que se haya sentado a escribir sabe que eso no existe. Escribir es luchar. Escribir es morir todos los días. Escribir es estar solo a pesar de haber abierto las puertas de la casa. Los escritores, como los boxeadores, debemos enfrentarnos a nuestro rival en el cuadrilátero sin la ayuda de nadie. Así que a mí no me importa que se parta en dos la historia de los derechos de autor. Yo solo quiero que ese falsificador sea descubierto y a mí me den lo que me merezco.

Así que, dígame, ¿cuáles son los pasos a seguir?

–Depende.

–De qué depende.

–Esto es burocracia. Primero tenemos que contactarlos y ver si quieren indemnizarlo para así evitar un escándalo. Usted sabe, en esta vida todo se trata sobre la reputación.

–Yo no quiero plata. O sea, si la plata llega por mi libro, está buenísimo. Pero yo no quiero que ellos me paguen una plata para que yo me quede callado. ¿Cuándo podríamos reunirnos con ellos?

–Depende.

–¡Joven! ¡Deje de dar tantas vueltas!

–Bueno, señor Gómez, depende de qué pruebas tenga. A ver, a ver, ¿cómo probamos que se la robaron?

Lo mismo se había preguntado Hernán la noche anterior. No durmió preguntándose cómo esto había sucedido. Revisó su correo para ver si de pronto lo había enviado a algún lado, pero se dio cuenta de que el manuscrito nunca había estado en su correo. Estaba tan solo en la carpeta de su computador.

–Pues verá, no tengo ninguna prueba, pero déjeme le cuento todo.

Hernán, casi vomitando las palabras, logró contarle cómo y cuándo había escrito su manuscrito.

Al finalizar el abogado miraba atónito a Hernán.

–Bueno. Está difícil, eh. Entiendo que usted la escribió y ayer, preciso, cuando se sentó a leerla se dio cuenta de que se la habían robado. Me dice usted que no la ha enviado a ninguna persona, ni ningún concurso, es más, me dice que nunca ha salido de su computador. ¿Entiendo bien?

–Así es.

–Bueno, señor Gómez. La verdad es que le agradezco por haber buscado en López-Fernández el abogado que usted necesita.

–Entonces, ¿cuál es la estrategia? –Preguntó Hernán enfurecido.

–Depende.

–¡Deje de decir que depende! ¿Depende de qué? ¿No ve que cada minuto que perdemos estamos dejando que ese impostor se haga un nombre en el mundo de la literatura con mis palabras? ¿No entiende que este papanatas está diciendo que él surcó el mar tempestuoso que significó escribir esto?

–Señor Gómez, entiendo su frustración. Pero no tenemos pruebas de cómo esto sucedió. Podría ser una casualidad…

–Bueno, joven –Hernán interrumpió al abogado– le voy a contar algo. Ese libro solo pudo ser escrito por mí porque está basado en mi vida. ¿Lo entiende?, eso que usted leyó es lo que me pasó a mí. Yo soy un matemático al que le enseñaron desde pequeño que los sentimientos no son para contarlos ni para sentirlos. Hay que tragárselos y dejarlos allá bien abajo en las tripas.

–Señor Gómez, no solo es un tema de que no hay argumentos para combatir esto, sino que también esto le podría costar una fortuna. Fortuna que supongo usted no tiene. Lo que yo le recomiendo es que, con esa vasta imaginación que usted tiene, se siente y escriba otro libro, si quiere uno en el que cuente esto que usted dice le pasó. –El abogado dejó entrever una pequeña sonrisa que sacó de casillas a Hernán.

La pantalla se apagó. Hernán se dio cuenta de que el abogado se había desconectado.

–¡Henrietta! –Gritó Hernán con rabia.

–Blup.

–¿Cuál es la segunda mejor firma de abogados en temas de propiedad intelectual?

Ya verán estos tipos. Ya verá el mundo entero. Qué tal, ahora dicen que yo estoy loco.

–La segunda mejor firma en propiedad intelectual se llama Vargas-Iriarte asociados. Sin embargo, mis algoritmos me muestran que tal vez lo que necesitas es una firma más pequeña, como Romero-Romero abogados.

Carlos

Tiempo atrás, en esa misma noche del 23 de febrero del 2021 en la que llovía a cántaros y en la que Hernán escribió el último capítulo de su manuscrito, Carlos estaba en el turno nocturno realizando las tareas confidenciales. Básicamente, lo que tenía que hacer era oír lo que las personas le pedían a las Henriettas para así sacar insights de los consumidores.

Venía desarrollando esta función, por lo menos, desde un año atrás, pero para ser sinceros había encontrado placer en hacerlo desde hacía seis meses exactos, cuando por la enfermedad de uno de sus compañeros pasó a ser el encargado de trabajar con la información de Henrietta 671, la misma asistente virtual de Hernán.

Al principio, Carlos se sentaba y oía los capítulos que Hérnan leía en voz alta, como si hubiera tomado adderall. Cada noche, cuando Hernán terminaba de leer y dejaba la trama en suspenso, Carlos no podía dormir por andar pensando en qué podría seguir. Hasta que un día, se le prendió el bombillo: él iba a terminar la novela de Hernán para así no tener que andar esperando a que esa voz que venía desde esa calle del barrio Los Sauces, en el centro de la ciudad, decidiera terminar la historia. Accedió a todas las grabaciones, transcribió todos los capítulos y empezó a imaginar el final. Escribió varios, se esforzó montones, tachaba acá, allá, y volvía a empezar, pero siempre llegaba a la misma conclusión: sus finales no tenían sentido ni eran interesantes. Entonces, resignado, dejó que Hernán terminara de tejer los hilos de esa historia trepidante.

Esa noche del 23 de febrero, cuando Carlos oyó el final quedó tan decepcionado que decidió que los suyos eran mejores. Con su Word abierto, empezó a pegar su final al lado de todas las transcripciones de los capítulos anteriores y pensó que esta obra era tan suya como de Hernán, pues a fin de cuentas, él lo había acompañado, primero, y segundo él había escrito el final que se merecía el texto. Por eso, al siguiente día, sin ningún tipo de remordimiento, al llegar al trabajo decidió mostrarle el manuscrito a su jefe y decir que llevaba seis meses escribiéndolo.

Hernán está buscando ayuda. Si crees saber cómo podría resolver este problema, te invitamos a comentar esta historia.